(Italia) «Las rosas, ¿dónde están las rosas?» Crónicas y reflexiones sobre las muestras de afecto hacia Sara y Sandro

extraído desde Lanemesi


(Italia) «Las rosas, dónde están las rosas?»
Crónicas y reflexiones sobre las muestras de afecto hacia Sara y Sandro y sobre la lucha contra la mafia como mecanismo de contrainsurrecional

En la noche del jueves 19 al viernes 20 de marzo, un fuerte estruendo sacudió los barrios del este de Roma, cerca del parque de los acueductos; dentro del parque, una explosión derribó parte de una casa de campo abandonada. La explosión y el derrumbe mataron a dos de nuestrxs compañerxs, Sara y Sandro. Su extrema coherencia entre idea y acción los llevó a arriesgarse y traspasar la frontera entre la vida y la muerte.

Tras este grave suceso, el Estado intentó apoderarse de sus cuerpos, con el fin de reescribir su historia; de ocultar el amor, el respeto y la hermandad que los rodeaban; de borrar sus ideas y de eliminar la demostración de que es posible actuar contra este sistema.

Es posible que sus cuerpos fueran localizados e identificados en las horas inmediatamente posteriores a la explosión, pero la noticia de su muerte se mantuvo oculta durante mucho tiempo y no se difundió hasta la tarde a través de los medios de comunicación de masas, por los que todxs, incluidos los familiares, nos enteramos del trágico suceso. De este modo, el Estado ha podido decidir cómo contar esta historia, cómo describir a los dos compañerxs, intentando imponer a todos su versión y gestionar el asunto según sus propios fines.

Si entre los objetivos que se habían fijado estaba el de lograr que nos desvinculáramos de nuestrxs compañerxs y que los renegáramos, eso nunca habría podido suceder por el simple hecho de que esas miserables escapatorias nunca nos han pertenecido.

Desde el primer momento han llegado numerosos comunicados que han dejado claro que Sara y Sandro son compañerxs nuestrxs, compañerxs conocidxs, respetadxs y queridxs, compañerxs caídxs en acción.

El Estado, en ese momento, intentó confiscar sus cuerpos, reteniéndolos durante días, dando así rienda suelta a una venganza tardía contra esas presas nunca capturadas y que ahora han huido para siempre de los tribunales y las cárceles.

Sus cuerpos fueron entregados de improviso, y las familias se vieron obligadas a enterrarlos de inmediato. Esta prisa tenía como objetivo poner en dificultades a quienes quisieran participar en un último adiós, hacer que los dos compañerxs parecieran personas solas y abandonadas, e intentar impedir que este adiós se convirtiera en una instancia de conmemoración pública de sus vidas, de reivindicación de sus ideas y de sus hechos.

En detalle. El 25 de marzo circula la noticia de que el funeral de Sara se realizaría el 27 de marzo; se difunden los horarios y el programa de las ceremonias. Se decide respetar el deseo de la familia de realizar el funeral en la iglesia, mientras se organiza una conmemoración digna de la personalidad revolucionaria de nuestra compañera en el cementerio. Compañerxs de toda Italia se organizan a toda prisa para estar allí, reservan vuelos, transbordadores, trenes. A la mañana siguiente se anula todo y el funeral se aplaza a la semana siguiente. El fiscal, a pesar de que se había presentado la solicitud de «autorización», dice que necesita tiempo para decidir si la firma. El hecho es tan insólito que deja perplejos no solo a lxs compañerxs y amigxs —por parte de quienes, por otra parte, en momentos tan dramáticos y precipitados, habría sido comprensible un posible error de comunicación—, sino que, en realidad, es la propia funeraria, que ya lo había organizado todo y había oficializado las publicaciones, la que se ha visto sorprendida. Lo que es aún más grave, desde los círculos policiales y judiciales se le da a entender a la familia que el funeral se pospondría al menos una semana (jugando así con sus sentimientos y dejándolxs en un estado de consternación, incluso a nivel organizativo, en un momento en el que resulta muy difícil ocuparse de cuestiones prácticas). Pasan unas horas y hay un nuevo giro: el fiscal ha firmado, el funeral se celebrará según lo previsto (y, de hecho, comenzará veinte minutos antes). A causa de esta «broma» de muy mal gusto, varias decenas de personas, no solo compañerxs, sino también amigxs y familiares, no podrán estar presentes.

En el caso de Sandro, ni siquiera se publicó un itinerario. El sábado 28 de marzo, compañerxs tuvieron que reunirse para «vigilar» el lugar donde se encontraba el féretro; incluso hubo que perseguir al coche fúnebre durante más de doscientos kilómetros por la autopista para llegar a tiempo al entierro.

A pesar de estas cobardes maniobras, a las autoridades les salió mal y el intento de aislar a Sara y Sandro del mundo al que pertenecen fracasó. Lxs compañerxs acudieron para dar un último adiós, indiferentes a las intimidaciones de la policía apostada como buitres cerca de las tumbas; junto con familiares, amigxs y personas solidarias, participaron en estas despedidas que fueron un momento tanto de íntima cercanía como de lucha colectiva, un momento en el que se mezclaron el recuerdo y la reivindicación, la aceptación de responsabilidades y la expresión de amor, el homenaje a las acciones y la reflexión personal.

El intento de impedir la participación en los funerales de nuestrxs compañerxs está en consonancia con la prohibición de celebrar funerales públicos que se aplica a la delincuencia organizada. Para nosotrxs, esto supone una demostración más de cómo las prácticas utilizadas en la lucha contra la mafia se han trasladado al ámbito de la represión política y, por lo tanto, una demostración del papel político que ha asumido la lucha antimafia. Al igual que la aplicación del régimen penitenciario 41bis a lxs compañerxs, un régimen contra el que Sara y Sandro lucharon con todas sus fuerzas y junto a todxs nosotrxs participando en la movilización en apoyo a la huelga de hambre llevada a cabo por el anarquista Alfredo Cospito.

Que Sara y Sandro le daban miedo al Estado en vida y siguen haciéndolo tras su muerte quedó finalmente patente el domingo 29 de marzo, fecha en la que lxs anarquistas se reunieron para llevar flores al lugar donde murieron mientras llevaban a cabo una acción.

Esta instancia fue prohibida por el jefe de policía de Roma, y el gran parque urbano estaba vigilado por un importante despliegue policial, entre los que se encontraban agentes a caballo, que detenían a cualquier persona sospechosa y que rodearon a la mayor parte de lxs compañerxs en el exterior de la zona verde, impidiéndoles el acceso. Casi un centenar de compañerxs detenidxs fueron trasladadxs posteriormente a las celdas de la oficina de inmigración de la comisaría de Roma y retenidos hasta la noche.

La presidenta del Consejo de Ministros, Giorgia Meloni, reivindicará al día siguiente lo que, de hecho, ha sido la primera aplicación del dispositivo de la denominada «detención preventiva» previsto en los recientes «paquetes de seguridad». Una toma de posición que, hay que reconocerlo, en su arrogancia, representa un elemento políticamente significativo sobre la naturaleza del giro represivo y sobre el papel de este instrumento específico cuya necesidad se alega en términos de orden y seguridad: impedir una conmemoración.

A pesar de todo esto, anarquistas y otras personas acudieron a la cita desde diferentes ciudades de Italia, se recordó y reivindicó a Sara y Sandro como nuestros compañeros, y se llevaron flores al lugar donde perdieron la vida. Todo transcurrió de manera serena porque así se había decidido.

Por la tarde, una manifestación de un centenar de personas (a pesar de que otras tantas seguían detenidas) recorrió los barrios del este de la capital, partiendo de Quarticciolo y llegando a Alessandrino, donde vivían Sara y Sandro.

A pesar de las prohibiciones y las intimidaciones, hicimos todo lo que habíamos dicho.

En las semanas siguientes, este lúgubre escenario continuó. Al relajarse el control policial alrededor de la famosa casita, volvieron a acumularse ramos de flores, pañuelos, camisetas y banderas; símbolos materiales insuficientes de dolor y orgullo. Sin embargo, a intervalos regulares, estos testimonios siguen siendo «limpiados» y ocultados, haciéndolos desaparecer de la vista.

Pero la cosa no acaba aquí. Una semana después, el lunes de Pascua (6 de abril), las amigas, compañeras de trabajo, vecinas y amigos de Sara deciden pasar juntos el tradicional momento del picnic, en memoria de su compañera fallecida: la cita es en los prados que bordean el río Nera, en la localidad de Castel San Felice, en Umbría, lugar donde Sara vivió gran parte de su vida adulta. No se trata de una iniciativa política, sino de un impulso del corazón surgido entre personas muy diferentes en cuanto a trayectoria vital y convicciones, unidas por el deseo de compartir juntas un momento de recuerdo. Pero incluso esto es demasiado para los bienpensantes. La sección local del diario «Il Messaggero» desata una campaña mediática contra la iniciativa; intervienen el alcalde y la curia (propietaria de esta zona verde), quienes se apresuran a precisar (mintiendo) que esta iniciativa no se había comunicado y que, en cualquier caso, está sin duda prohibida. Este intento tampoco sale adelante; la mañana del 6 de abril, la policía decide optar esta vez por una línea más blanda, limitándose a vigilar el evento desde la distancia: los prados se ocupan y todo transcurre con tranquilidad.

La demostración de fuerza por parte del Estado ha resultado ser un intento tan inútil como miserable de detener lo que no pueden detener; el recuerdo de nuestrxs compañerxs permanecerá imborrable, se les han rendido los honores que merecen y siempre se les rendirán. Se ha reivindicado el resplandor de la violencia revolucionaria como luz que ilumina este mundo sombrío.

Italia está en guerra. El Estado sabe que, a un frente externo, el de los conflictos que apoya —en Ucrania, Palestina e Irán—, le corresponde un frente interno, el de los explotados que pagan el precio de la guerra con sus espaldas. En esta guerra, el Estado sabe que somos sus enemigxs, pero nosotrxs también sabemos que estamos en guerra y que somos orgullosamente enemigxs del Estado y del sistema capitalista, como siempre lo han sido Sara y Sandro.

Sara y Sandro han caído luchando en la guerra de clases que atraviesa el frente interno italiano. No tiene mucho sentido parlotear de venganza. Esta palabra, aunque parezca extremista, en realidad esconde su carácter victimista: como si el Estado nos hubiera hecho un agravio. Podemos encontrar motivos para la venganza cada día: por los muertos en el trabajo, por los muertos en las cárceles, por los muertos en medio del mar, por las víctimas de las guerras en las que el Estado italiano es coprotagonista. Según todas las evidencias, Sara y Sandro estaban preparando esa venganza. El tema es, pues, mucho más profundo e implica nuestra participación en el dolor, respetando la coherencia de estxs compañerxs, cómplices morales de sus acciones, como nos consideramos a nosotrxs mismxs.

En esta guerra, el Estado italiano utiliza los instrumentos típicos de la contrainsurrección: no solo a través de la violencia represiva, sino también a través de la represión simbólica de las celebraciones del enemigo.

En este terreno, el Estado puede presumir de años de experiencia adquirida en el ámbito de la lucha contra la mafia. Iniciativas como las llevadas a cabo con Sara y Sandro ya se han utilizado con éxito contra los jefes mafiosos cuando mueren en prisión: funerales públicos prohibidos, entierros nocturnos y con el menor revuelo posible, represión del dolor como forma en sí misma de manifestación de empatía hacia el enemigo.

Esto ocurre no solo en momentos de duelo, sino también en otros tipos de muestras de solidaridad. Causan escándalo los episodios que se repiten de vez en cuando, en los que una procesión religiosa se desvía de su recorrido para dirigirse bajo la casa de un presunto jefe mafioso recluido en régimen 41 bis, con el fin de realizar la llamada «reverencia», es decir, utilizar al santo en procesión para bendecir al preso y dar apoyo moral a la familia. Cada vez que ocurre, la prensa bienpensante, sobre todo la de izquierdas, clama al escándalo y, a toda prisa, no solo se inician investigaciones y denuncias, sino que también se redactan nuevas leyes para prevenir episodios similares, desde una perspectiva emergencial y neurótica del derecho que se reescribe cada vez que una noticia causa demasiado revuelo en la televisión.
Otro ejemplo es la persecución de una parte de la música neomelódica napolitana y de sus respectivos artistas, sospechosos de simpatizar con la camorra.

Nos parecen pertinentes a este respecto las palabras leídas por Alfredo Cospito durante la vista preliminar del juicio «Sibilla», el 15 de enero de 2025 en Perugia (por videoconferencia desde la cárcel de Sassari):

«¿Qué mejor manera de silenciar a los movimientos y a las oposiciones radicales que un régimen de emergencia ya en marcha y probado? Un estado de excepción en el que se suspenden muchos derechos, en el que reina una censura absoluta ya puesta a prueba durante décadas de práctica sobre el terreno. ¿Quiénes serán lxs primerxos en sufrir en carne propia este régimen especial? ¿Lxs compañerxs que luchan por Palestina? ¿Lxs anarquistas que, impertérritos, siguen hablando de revolución? ¿Lxs comunistas que nunca se han rendido? Cuatro de ellos llevan décadas resistiendo con orgullo bajo este régimen en el más absoluto aislamiento, sin doblegarse jamás.

Si la guerra imperialista de Occidente desborda, por reacción, las fronteras de Ucrania irrumpiendo en nuestros hogares, si los conflictos sociales superan el límite sostenible de un mecanismo tambaleante, o incluso si la transición suave y gradual al régimen no resulta viable, el 41 bis, precisamente gracias a su pátina de legalidad, será el instrumento represivo ideal para una anestesia social forzada, una especie de aceite de ricino para poner en vereda a los recalcitrantes, un golpe de Estado gradual y conforme a la ley».

Consideraciones sustancialmente acertadas, que, sin embargo, deberían extenderse más allá del régimen del 41 bis. De hecho, afectan a toda la legislación antimafia. En el caso de los cuerpos de Sara y Sandro, y antes que ellos del comunista combatiente Mario Galesi, así como en el traslado al régimen 41 bis de los presxs revolucionarixs, asistimos a la extensión de las políticas antimafia como instrumento militar de la contrainsurrección.

Partamos de la premisa de que el Estado, si reacciona así, admite desde el principio su propia debilidad relativa. Si las manifestaciones de afecto no contaran con tanta participación, si los funerales estuvieran desiertos, si las familias de lxs presxs y de lxs mártires estuvieran aisladas, el Estado no se mostraría tan nervioso ante estas manifestaciones. A lo sumo, las ridiculizaría a través de su prensa servil.

Escandalizarse por una «reverencia» ante la casa del mafioso, prohibir los funerales, detener a 91 personas solidarias con lxs anarquistas muertxs en acción es ya de por sí una admisión de que estos acontecimientos tenían un carácter de masas (en el caso de la detención preventiva, incluso certificado numéricamente) y de que esta «popularidad» del enemigo le pone nervioso.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental que no debe pasarse por alto. A diferencia del poder mafioso, que infunde miedo y que aún puede prometer beneficios a quienes lo respetan y honran, participar en la solidaridad humana hacia lxs «terroristas» muertos en acción no presenta ninguna ventaja, sino solo inconvenientes. Por decirlo con las palabras de Sara, leídas también durante la vista del 15 de enero de 2025 en Perugia:

«La responsabilidad individual es, en cambio, un fundamento del anarquismo. Yo no recibo órdenes ni las doy: ni de nadie ni a nadie. Actúo respondiendo únicamente a mi conciencia, que no tiene parámetros de interés ni de ventajas y que sigue siendo la única voz que puedo escuchar».

Es cierto que, como materialistas, podríamos decir que con la muerte dejamos de existir, y que nuestra carne se transforma en un residuo por el que ya no sentimos ningún interés.

En realidad, las cosas no son así, porque seguimos actuando incluso después de la muerte; el testimonio que hemos aportado en vida continúa. Todxs lxs muertxs por la libertad del pasado nos hablan y nos sostienen en nuestro camino hacia el futuro.

El cuerpo de lxs anarquistas muertxs adquiere así un sentido para lxs compañerxs vivxs, para las ideas que lxs caracterizan y para las luchas que emprenden (de ahí el intento del Estado de confiscarlo).

La figura del mártir, por ejemplo, está estrechamente relacionada con lo que hemos afirmado: el mártir es aquel que ha perdido la vida para dar testimonio. Morir por unas ideas significa que las ideas por las que luchamos, nuestro proyecto revolucionario y la comunidad de lucha a la que pertenecemos importan más que nuestra propia vida. Esto ha sido válido tanto para los mártires cristianos como para los anarquistas conocidos como los mártires de Chicago, o para los yihadistas modernos. Se trata de un concepto muy poderoso que hace temblar a los amos del mundo, porque no pueden dominar mediante el miedo a quienes han vencido al miedo, es decir, a aquellxs que tienen una visión del mundo y una coherencia con sus propias ideas que va más allá de su propia existencia.

Por eso, las muestras de dolor, solidaridad y complicidad con Sara y Sandro no solo son más fuertes que la muerte, como se ha escrito, sino también más fuertes que la sensatez política, la conveniencia y la prudencia.

Son la demostración de que, en nuestra clase, por muy marginal y minoritaria que sea, existe un componente que no se rinde. Que su furia es la de una fe y no solo en una empresa (la cual puede generar excedentes o fracasar, pero sigue enredada en dicha lógica empresarial). Honrar a lxs muertxs se convierte entonces en un mensaje sobre todo para lxs vivxs. Un pacto inquebrantable de continuar por el camino de la liberación total.

El Estado nunca podrá reprimir este componente, porque se mueve en una lógica radicalmente autónoma respecto a la del castigo y la conveniencia. La lógica de quien quiere destruirlo y está dispuesto a pagar cualquier precio para intentar hacerlo.

Algunxs incapaces de arrepentirse