El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón llegó a tierras que no eran las que buscaba, producto de un error cartográfico y de la tontera de insistir en una ruta occidental de comercio hacia las Indias. Desde entonces, la fecha se conmemora de manera cuasi religiosa, transformando este accidente histórico en un símbolo que sirve para reivindicar y blanquear la colonización española. América tiene su nombre en honor a Américo Vespucio, un cartógrafo originario de Florencia que le abrió los ojos a los necios conquistadores que insistían en que el territorio al que habían llegado eran las Indias, abriendo, quizás conscientemente, las puertas a la dominación simbólica de estas tierras y de su gente.
La Corona española, más tarde, decidió llamar virreinatos a sus posesiones con el objetivo de suavizar la idea de colonia y proyectar una falsa sensación de comunidad con los pueblos sometidos, separándose así del proyecto de conquista británico, de naturaleza más bárbara. Además, no solo se tomó la medida de llamar a las colonias españolas «virreinatos», sino que también se siguió la tradición del mestizaje español, no solo por costumbre cultural, sino también por la falta de recursos militares y económicos para realizar una purga de nativos como sí podían permitirse los británicos.
Esta seguidilla de hechos, romantizada por historiadores europeos y católicos como Modesto Lafuente, quien planteaba la colonización como una misión civilizadora, sirvieron de alimento para el mito de la «hispanidad». Pero ¿qué es realmente la «hispanidad»? La hispanidad es, en esencia, una construcción homogeneizadora nacida del revisionismo histórico y de la idealización elaborada por los nostálgicos sometedores y sometidos: un relato que busca transformar un proceso marcado quizás no por la violencia directa, pero si por las imposiciones políticas, jerárquicas y profundamente desiguales.
Por parte de los sometidos, se busca apropiar a los españoles de nuestra herencia cultural: embellecen y atribuyen a la presencia hispana grandes logros de los pueblos nativos, presentando como «legado hispano» prácticas y conocimientos que, en realidad, también pertenecen a civilizaciones anteriores a la llegada europea, algo especialmente visible en la literatura, la filosofía y la ciencia.
Por parte de los sometedores, se busca instalar términos destinados a construir lazos políticos disfrazados de afinidad cultural, que legitimen una supuesta «hermandad» y una «deuda cultural», imponiendo además los marcos conceptuales con los que debe interpretarse nuestra propia historia. Es precisamente esa capacidad de nombrar, definir y ordenar lo ajeno la que posibilita que continúe esta dinámica imperialista: pueblos pequeños y ricos en recursos son explotados bajo el yugo de un vínculo político fabricado, que justifica la extracción y la subordinación como si fueran parte natural de una relación.
Siguiendo esta línea, la apropiación cultural no es el único problema que nos dejó el imperio español: también lo es la imposición del patriarcado europeo, la desarticulación de las comunidades matrilineales y la instauración de instituciones, sistemas jurídicos, nociones de propiedad privada y estructuras estatales que conforman la verdadera herencia cotidiana y rígida que persiste hasta hoy.
En Europa, el patriarcado surgió como consecuencia de la acumulación privada de bienes y del ascenso de una clase masculina propietaria que transformó relaciones comunales en relaciones de dominio; con ello, la autoridad colectiva fue reemplazada por la familia patriarcal, en la que el hombre se convirtió en dueño de la propiedad y de la descendencia. Antes de esa transformación, muchas sociedades se organizaban bajo formas matrilineales donde la filiación se daba por la línea materna, la autoridad era compartida y la propiedad tenía un carácter común que impedía la concentración del poder en un solo individuo. La expansión europea exportó e impuso este nuevo orden sobre nuestros pueblos, disolviendo sistemas matrilineales propios, instaurando jerarquías de género que ni siquiera existían en la mayoría de comunidades originarias e implantando instituciones, leyes y concepciones de propiedad privada que reemplazaron formas colectivas de organización y que aún estructuran nuestra vida social.
Y, hablando de lo cotidiano, podemos ver que la influencia española en nuestra gastronomía es mínima, pues nuestra alimentación se sustenta principalmente en ingredientes nativos como el maíz, la papa, los porotos y la palta. Un ejemplo claro es la gastronomía chilena, cuyos platos típicos como el charquicán, los porotos con rienda, las humitas, la cazuela e incluso los completos reflejan una base alimentaria profundamente indígena que permanece hasta hoy.
En definitiva, la idea del mito hispanista es una construcción que romantiza la colonización y busca ocultar las imposiciones políticas que España introdujo en nuestras tierras. Esta narrativa intenta apropiarse de logros y negar saberes indígenas, mientras presenta como natural una relación marcada por la desigualdad y la explotación. Sin embargo, nuestra vida cotidiana, desde las formas comunitarias de organización hasta la propia gastronomía, demuestra que la raíz profunda de nuestra identidad es nativa y que ni el imperio más letal puede acabar con ella.
☆ Colectivo La Minka